El nogal - Foro Creativo

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Escrito 19 julio 2011 - 04:49

Esto de escribir no es lo mío, pero bue... me animo a compartir. "El Nogal" es un ensayo sobre este árbol, en particular a uno plantado por mi abuelo en su casa.

El Nogal


Nada crece bajo un nogal, mas que una aureola de tierra que se granda conforme a su edad. Su copa espesa, priva al terreno de entorno de los beneficios del sol, y siempre bajo este techo natural, su superficie se va agrietando. Este espacio terroso que ve pasar al mundo bajo la sombra, donde ninguna otra vegetación (mas que el mismo nogal), encuentra triunfo en la faena de sustentarse en la vida, podría verse como un error de la naturaleza, como un descuido de la creación al confeccionar las interrelaciones del árbol con su entorno. Sería esta, una visión equivocada. Porque esta aureola de tierra que parece estar en lenta, pero constante expansión, no es más que el costo perfectamente equilibrado de la maravilla que representa la existencia de tan hermoso ser.

Nuestro nogal es tan antiguo como la casa de nuestros abuelos, su sombra ha castigado la tierra durante casi cincuenta años, y desde sus ramas, las aves han visto a más de un audaz, irse a la pesca con; dos reyes, y treinta y una de mano. Sus hojas con el frente hacia el sol, y el dorso en penumbras, generan un contraste perfecto y hermoso entre verdes claros y oscuros. Se ve desde lejos como un enjambre espectacular, que dibuja en una marea danzante, las líneas del viento.

Cuando el ciclo natural lo desnuda, es como si un lago misterioso cubriera todo el terreno y lo bañara con los colores dorados del otoño. Esta imagen de belleza sin igual, pareciera ser su último y generoso regalo antes de que la vida, se duerma por un tiempo en su interior. Pero encontramos entre las hojas amarillas, y entre las ramas caídas, y derrotadas, su ofrenda más humilde, aquí y allá, y bajo todo el ancho de su sombra, reposa el fruto maduro de su creación.

Cientos y cientos de nueces en el fondo de la casa de los abuelos. Es un espectáculo extraordinario que en rara ocasión nos encuentra juntos, pero que todos hemos presenciado más de una vez, y desencadena ciertos procesos. Primero el más instintivo, ¡comer!, cada cual ensaya su método para abrir la cáscara sin romper el fruto. La galería de recursos es variada y según el semblante de cada uno va pasando desde la fuerza bruta al ingenio, o viceversa. Un puñetazo firme contra la mesa, o una ligera presión entre los dientes, el infaltable tacazo, el despreciado cascanueces, un apretón fuerte entre las manos, y no nos olvidemos de que si la puerta abre botellas de champagne, también puede abrir nueces. En ánimos menos pacientes, se experimentan también; impactos contra la pared, o el más elemental martillazo. Lo cierto es que la mayoría de estos métodos reducen la nuez a porciones que se verían pequeñas a los ojos de un gorrión. Hay que abrirlas sobre todo, con paciencia, todo lo que es bueno y vale la pena en este mundo requiere trabajo y amor. En el ensayo de tan vasto repertorio de sistemas ya practicados o improvisados, eventualmente alguien logra sacar intactos los dos pedazos de nuez, por esto, quizá se gane una felicitación y una interrogante: ¿cómo hiciste?... De nada sirve la respuesta, cada uno tiene que ir perfeccionando su método, y en esa búsqueda se crea una relación íntima con el árbol y su obsequio.

En medio de este festín aparece la voz sabía que da consejo para el inevitable siguiente paso: - “¡júntenlas!” – Tampoco falta la voz sabia y exigente: - “¡júntenlas y selecciónenlas!” – esto también es inevitable, porque algunas nueces fueron separadas de las ramas por los vientos cuando aún eran jóvenes y ya no podrán madurar, otras se precipitaron al nutrirse sin lograr desprenderse y siguieron madurando hasta envejecer. Las menos comunes, no se como, al abrirlas son solo tierra.

En esta labor poco usual (para un citadino) de recolectar y seleccionar, se termina apreciando el calor de la tarea compartida, y va pasando este quehacer como un romance de generación en generación, creando vínculos entre nietos, sobrinos, primos, hijos, y hermanos. ¿Verá el nogal somnoliento desde su copa desnuda el entusiasmo en nuestros espíritus, la felicidad en nuestros rostros? ¿Será esa imagen dichosa el material de sus sueños? El gigante ya desabrigado, deja ver el alcance de su brazo más lejano, es su majestuosa figura como un relámpago marrón disparado desde la tierra para intimidar a los cielos.

Nada crece bajo un nogal, he afirmado, cuando solo supe ver con mis ojos, a lo que el mundo da en su misterio, la cualidad de poder ser contemplado desde un alma. Es desde este paraje enigmático, donde pude ver todo lo que bajo nuestro nogal ha crecido. Bajo su sombra crecieron; niños y niñas que ya son hombres y mujeres, los discursos crecieron hasta convertirse en peleas, como así creció la humildad y la disculpa, la piedad, y el perdón. Crecieron bajo nuestro nogal y entre cantos de aves; amores, proyectos, pensamientos, carcajadas, tristezas y esperanzas. Se agrandaron las tallas de nuestros pies, que mojados, dejaron su huella cada verano en la tierra seca y perpetua. Es que este espacio donde la vegetación no puede darse a la vida, es un lienzo en el que escribimos al pisar. Podemos leer en él, que el tranco de nuestra querida abuela se fue acortando, que la tremenda impresión que deja el andar elegante de nuestro abuelo, agregó un bastón en su marca amplia, que vuelven a surcar la tierra pequeños pies con la singular alegría de la infancia, que aunque los fuertes vientos borren este paño para que sea reescrito, habrá huellas que resistirán cualquier tormenta y evitaran todo olvido. Lo que ha crecido bajo nuestro nogal en todos estos años, es el amor por las cosas simples de la vida; el respeto por la familia, la buena compañía, el mate, el vino, el asado, el Mus, las anécdotas y recuerdos que compartimos entre todos, siempre bajo el reparo y la frescura de este nogal inmenso.

De un ser humano, no se pueden juzgar sus querencias. Hemos de dar nuestro amor a personas, lugares, objetos, mascotas, y oficios. Lo damos cuando estamos enamorados; entero y radiante, en un solo beso, en un solo abrazo. También lo hemos de dar con el tiempo, sin darnos cuenta, poco a poco. Como una poesía que necesita de varias primaveras para florecer, este amor se medita a sí mismo, se interroga mientras crece en pequeñas cuotas, y crea bases sólidas en los sentimientos, como no lo hace la entrega arrebatada. Florece finalmente el poema, que no es más que el amor, el amor a un árbol, a un nogal esplendido, que por ser dador de paz, porque sus raíces calaron tan hondo en la tierra como en nuestros sentimientos, porque es protector de inclemencias, porque en esencia habita en la tierra pero encuentra morada en nuestros corazones; es nuestro nogal un icono de familia, que narra con su lenguaje sencillo a través de las grietas de su corteza, en el rechinar de sus ramas, y en el susurro de sus hojas, nuestra historia más íntima. Es una ventana viva que enmarca nuestra infancia, nuestra adolescencia, y nuestra madures. Resguarda en su forma frondosa de ser, nuestros tintes de italianos y españoles, nuestros gritos y pasiones, nuestra alegría desinhibida y nuestros mejores momentos, si su savia es como la misma sangre de un Fiandesio, se impone cuando quiere con nuestra misma arrogancia, y con la misma vital alegría, recibe la primavera como nosotros recibimos a los amigos, con abrazos y besos.

Nada crece bajo un nogal, dije, y estaba equivocado.
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